Y finalmente se largó. Luego del día más caluroso de mi vida, y luego de mi 16ava navidad, caen las primeras gotas. Pero mejor retrocedo un par de días, así queda constancia del inicio de mis vacaciones. Quiero explayarme, porque hay mucho para contar.
Apenas un día después de rendir Física, me fui con mis hermanos a Burzaco, una localidad en la provincia, que apenas llega a ser un pueblo urbanizado. Allí vive toda mi familia materna (y si no, vive en los pueblitos cercanos), y siempre les caemos de visita en vacaciones, o algunos fines de semana (con la familia paterna no puedo contar, ya que se encuentran desperdigados por toda la Argentina, toda menos Buenos Aires). Nos alojamos en lo de nuestra abuela (a quien, fruto de su nacionalidad española, no hay quien la pare), y siempre pasamos el día en (¿Dónde?) el Club Burzaco (donde, por supuesto, van a para todos mis familiares). La principal razón por la que me fumo el viaje de ida y vuelta, más las actitudes de ciertos familiares, es simple: el club Burzaco tiene pileta. Tan sencillo como eso. Obvio que también la paso (moderadamente) bien, la familia, alejarse de la ciudad, etc., etc., pero sin la pileta, todo eso se me haría insufrible. Todas la veces que vengo a Burzaco, con mi familia, percibo una sensación como de niñez, o mejor dicho, de un tiempo pasado. Es como si retrocediera unas décadas atrás en el tiempo: no solo por el paisaje, también por las costumbres, es algo que, si no es anticuado, al menos es diferente a la forma en la que vivo en Capital. Ese ritual de ir todos los días al club, que allí te encuentres con todos tus conocidos, y millones de cosas más, hacen que de a ratos lo vea como un lugar perdido en el tiempo. Entonces, llego a lo de mi abuela, voy al club, me reencuentro con todos, en fin, lo mismo de siempre. No quiero aburrirlos con sandeces, porque adonde quiero llegar es al lunes que le siguió a ese fin de semana, lunes 24 de diciembre (lo-único-bueno de rendir las materias cerca de navidad es que cuando querés darte cuenta ya llegaron las fiestas). Recuerdo que esa noche soñé, otra vez, con el fin del mundo; existía esa leyenda (no tan) urbana de los mayas, y el apocalipsis, y quinientas teorías diferentes de cómo la humanidad terminaba. Esos días posteriores al examen yo soñaba mucho, y en un sueño el fin del mundo era por unos meteoritos, pero al final era una conspiración del gobierno, o algo por el estilo. En fin, esa noche, la noche anterior al lunes, me había dormido viendo resident evil, entonces soñé con que los causantes del Armagedón eran los zombies. Luego soñé que me despertaba, y luego finalmente desperté. Estaba semi desnudo, inmóvil, y aún así las sábanas del colchón estaban totalmente pegadas a mi espalda, debido a una transpiración importante. El calor era soporífero, y del comedor se escuchaba la voz de mi tía (esa noche me había quedado en su casa) diciendo que había unos 50 grados de térmica. De solo recordar ese momento me da sed. Todo ese día, desde que me levanté hasta las 12 de la noche, la sensación que uno tenía era horrible: era como si bloques de aire caliente te aplastaran todos a la vez, y no te dejaran respirar. Para colmo, a las 2 de la tarde se cortó la luz. Entre que no había nada para hacer (en la casa de mi tía solo se puede ver la tele) y el club estaba cerrado (la posibilidad de una pileta era remotamente imposible), era para darse la cabeza contra la pared. Recuerdo que en un momento era tal la desesperación, que me desplomé sobre la mesa del comedor, sucumbido por el soponcio. Quería, como decía Hamlet, desaparecer, irme de ese infierno, “dormir, soñar, nada más”. En fin, luego fuimos a un bar a tomar un agua tónica (un momento de una felicidad indescriptible), y a la noche nos dirigimos a lo de mi abuela, para celebrar la Navidad. Todos comieron muy poco (recuerdo vívidamente como mi primo sudaba), y, pasada la medianoche, cuando Papa Noel ya había pasado y repasado, pasó un viento fresco que casi hizo que se cortara la luz, suspiré aliviado: la pesadilla terminaba. Las primeras gotas fueron divinas, celestiales, y cuando finalmente se largó todo mi cuerpo vibró de la emoción. Ok, quizás lo último no fue tan dramático y exagerado, pero así queda más lindo. Esa noche, pude dormir fácilmente, soñando quien sabe qué, mientras allá afuera, la lluvia borraba los últimos rastros de aquél infierno.
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